Mamá.
El amor tiene un antes y un después. Eso me decía una amiga sobre la experiencia de ser madre porque cuando una conoce al hijo se da cuenta de que antes de él, el amor venía como envuelto en plástico. “No lo puedes tocar del todo”, decía. No le creí. O quizás no reparé mucho en lo que me dijo como lo hice luego de ser mamá.
Es un título que viene con un sacrificio tan grande que llevo media hora pensando cómo decirlo sin que suene demasiado intenso, cursi, chocante porque se aleja de la idea de dulzura que viene asociada a la maternidad y de eso no hablamos tanto, ¿no? De cómo la mujer dentro de la madre aprende a sostenerlas a las dos y la belleza caótica de ese proceso es una galaxia en sí misma; todo lo que significa eso quizás es algo que solo una madre entienda del todo.
Y también cómo todo vale la pena. Absolutamente todas las partes. Ver crecer a Ignacio es el privilegio más grande que tendré nunca y cada vez más estoy más consciente de eso. Descubrir la vida a través de sus ojos es la mejor sensación del mundo, la más adictiva y similar a la adrenalina en mi experiencia.
Es un amor complejo y maravilloso. Tan incandescente que es incendiario y en efecto, no tiene plástico. Lo derritió.
Feliz día a todas las que entienden esto. Como mamá que lo hace lo mejor que puede y las ve a todas en lo mismo, puedo decir que es difícil pero creo que lo estamos logrando 🌸

